La guerra de los «ROBOTS»

La guerra de los «Robots» (23/12/1939). DESTINO, p. 7

El célebre novelista inglés H. G. Wells nos cuenta, en su novela «La Guerra de los Mundos», la invasión de un pacifico condado de Inglaterra por unos seres monstruosos que llegan en vagón-proyectil desde el planeta Marte.

En «Le Pays Réel», Pierre Devaux nos dice que la guerra moderna, con sus tanques, sus «líneas Maginot» y sus submarinos nos muestra realizaciones análogas. Pero hay que confesar que los ingenieros de hoy día se orientan hacia un monstruo más horrible todavía: el autómata completo, el «robot» de acero y electricidad que realiza inexorablemente la obra para la cual ha sido construido.

—El 4 de abril de 1934—dice Pierre Devaux,
—una comunicación de un tal François Dussaud causaba sensación en la Academia de Ciencias. Dussaud no era un desconocido: le debíamos el «pick-up«, del que tanto se ha usado y abusado. El inventor explicaba con sencillez que había encontrado el medio práctico y económico de proveer de «memoria» a las máquinas, con ayuda de discos o de tiras de papel. Así, un autobús o un tanque podían seguir un trayecto determinado y llegar, sin ningún ser humano que los guiara, al término de su viaje.

Salidos al patio del Instituto, los académicos se encontraron en presencia de un carro eléctrico que constituía el primer «vástago» de una ciencia nueva: la «endomecánica«. El aparato partió, describió un complicado circuito en los patios, se detuvo, hizo oír su claxon, volvió a partir por sí mismo, viró para evitar una columna, encendió los faros y se paró por fin.

Apostamos a que más de uno de los testigos de aquella demostración histórica debió sentir en el corazón un pinchazo al imaginar las enormes posibilidades que revelaba aquel invento tan sencillo para una guerra futura… No es preciso ser técnico de altura para comprender que la «memória de papel perforado» es tan capaz de pilotar una lancha, un torpedo, un tanque, como de disparar un cañón o una ametralladora, de ir a colocar impunemente, bajo una lluvia de balas, cargas explosivas formidables en medio de los atrincheramientos enemigos: la «guerra de los robots» se convertía en realidad.

—Varias horas más tarde—sigue diciendo Fierre Devaux.—me encontraba yo en casa del inventor, quien me dijo con dulce voz: «Y de la aviación, señor, ¿qué piensa usted?»

Y seguidamente explicó el inventor que por un puñado de pesetas se encargaba de equipar tantos pequeños aviones como se quisiera, por medio de una «memoria artificial» capaz de pilotarlos hasta a 40 kilómetros de distancia. Pongamos que cada uno de esos pequeños aviones costase 2.000 pesetas; por dos millones de pesetas, | una friolera en tiempo de guerra |, tendríamos 1.000 aviones, que llevaría cada uno su bomba. Sería un verdadero vuelo de mosquitos automáticos, que iría a descargar sobre una posición enemiga.

Pero no hemos llegado al término de las sorpresas.

Es evidente que un «autobús» provisto de memoria» partido de Grecia en dirección, a la Plaza de Cataluña, conducido por su tira perforada, no tardaría en encontrar, tal vez antes de llegar a la calle de Provenza, otro autobús o un humilde triciclo que pondrían fin a su carrera. Lo mismo ocurriría con un tanque o cualquier otro vehículo de pilotaje automático: sin ver los obstáculos, se dirigiría derecho a la catástrofe.

Esta dificultad ha sido resuelta de modo notable por François Dussaud. El 4 de agosto del mismo año. lanzaba una «lancha provista de memoria» dotada de un parachoques especial. En el trayecto de la lancha, se colocó pérfidamente un obstáculo, constituido por otra embarcación. La colisión se produjo pero apenas el parachoques hubo tomado contacto, vióse la lancha hacer marcha atrás, dar media vuelta, contornear el obstáculo, y volver a tomar después su camino a gran velocidad, siguiendo la línea exacta del recorrido previsto.

Este resultado, de aspecto singularmente «humano», se obtiene mediante un interruptor que el retroceso del parachoques abre. En este momento, la «memoria principal» ya no actúa; una  «memoria auxiliar», constituida por una segunda tira de papel perforado, dirige la maniobra de contoneamiento; después se borra de nuevo ante la memoria primitiva.

El sistema del parachoques es demasiado brutal: pero se le puede sustituir por unos «ojos eléctricos», preciosas «células» sensibles a la luz, utilizadas en televisión. Un montaje especial a dos «ojos», el «petoscopio«. permite a la máquina distinguir los obstáculos «lejanos» y proceder en consecuencia.

¿Inteligencia completa? No, por cierto, pero sí formidable aumento de eficacia: imagínese la
potencia de un tanque sin hombres, capaz de evitar los grandes obstáculos, los otros tanques. Difícilmente podrían con ellos los antitanques.

«Ojos eléctricos», giroscopios, teledirección por telegrafía sin hilos, todos esos recursos de la técnica moderna, aplicados a la «máquina de memoria» pueden conducir a resultados prodigiosos. Desde ahora pueden construirse torpedos que penetren en un puerto para herir a los buques en él guarecidos, aviones que eviten a los aviones enemigos, para dirigirse imperturbablemente hacia el objetivo a bombardear… Esto ya no son cosas de Wells ni de Julio Veme, sino realidad de mañana.

A decir verdad, creemos que esas posibilidades nuevas no cambiarán gran cosa en los destinos de la guerra. El hombre, con su iniciativa y su valor, será siempre insustituible. Pero bien estaba que explicásemos a nuestros lectores las nuevas e impresionantes conquistas de los «robots».

 

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