La mundial epidemia

Allá va una caña más, rota en pro de ese nuevo deber cívico de emitir opiniones sobre el reinante mal, que se ha dado en llamar gripe; llegando el convencimiento de la existencia de tal obligación a que los profesionales módicos y, lo que es peor. los que no han saludado, ni desde muy remotos lugares, al arte de curar, hayan llenado sobre tal punto columnas enteras de periódicos de todos los matices, llegando su invasión hasta el Diario de Sesiones. Está profusión de escritos, muchos de ellos de marcado antagonismo doctrinal, ha ocasionado que el público, que no escribe, pero lee cuánto de esta pandemia se viene consignando, hállese cada día más despistado respecto a estas tres importantísimas cuestionas: qué es lo que debe temer; cómo ha de evitar el mal que le amenaza, y Cuáles son los remedios que, entre los muchos qué de actualidad se han preconizado, tiene que aceptar o desechar, y la premisa inicial ya la dejé sentada en época de la primera invasión que sufrió nuestra Península en el primer tercio de este año.

Entonces, a cuantos sobre ello me interrogaban, asegurábales yo que no podía ni debía llamarse gripales (en la verdadera acepción, que nos habían enseñado nuestros maestros ante los enfermos afectos de la clásica gripe) á los síntomas que presentaban la mayoría de los pacientes que sufrieron las primicias de la irrupción. Ya no asombra oír esto hoy, que leemos por todas partes que, analizando los exudados de los enfermos, no ha conseguido verse en casi ningún campo microscópico el que en todos los tratados de enfermedades figura como el concausante de la gripe: el bacilo de Pfeiffer.

Hagámonos cargo del siguiente dilema, emanado de esta afirmación: dícese en estos días que por distinguidos compañeros han encontrado el microgermen de la gripe; y cabe la pregunta: ¿era la gripe verdadera la que conocíamos antes del año actual, y cuyo síndrome estaba en su mayor parte plasmado por la virulencia del bacilo de Pfeiffer, cuya presencia se demostraba por todos los medios de laboratorio, o es la vigente la que, con otros síntomas y otro germen coadyuvante, debe figurar en lo sucesivo con el nombre genérico de gripe? Alguna de las dos enfermedades tendrá que dejarse de llamar de este modo.

Otra cuestión de nombre, esencialísima, de carácter nacional, que no se ha hecho más que soslayar, cuando por verdadero sentimiento patrio debió haber sido desde sus albores puntualizada, es el haberse consentido que en periódicos políticos y profesionales extranjeros se denomine «gripe española» a la plaga que ha venido a completar el desastre que ha sufrido entero el planeta. Sería preciso, por el decoro de España, salir al encuentro de tal corruptela, dejando con tal réplica sentado que la falta de higiene no es sólo patrimonio de países africanos (entre cuyos territorios nos colocó Dumas, después de habernos tildado su compatriota el zoólogo Bory de Saint Vicent, de «nación europea en que la decrepitud política parece reproducir la barbarie de los primeros tiempos de su infancia social…»); que de la epidemia contemporánea, la que menos culpa tiene, es España, por haber sabido vivir apartada del lugar de convivencia de razas, que nunca, hasta hoy, contemplara reunidas el mundo, y de cuya urdimbre, con las calamidades unidas a su hermana mayor, la guerra, ha nacido esta enfermedad, nunca antes conocida; porque ni en lógica ni en patología, un efecto no puede darse igual a otro, si no son las mismas las causas que para su producción hayan concurrido. España, sin ser origen, no debe consentir le cuelguen el sambenito de haber incubado el germen de esta epidemia, cuando la única verdad es que, por haber abierto sus hidalgos brazos a todos los que en su seno quisieron acogerse, sufre las tristes consecuencias de los países beligerantes, en cuanto a los estragos de esta modernísima asoladora dolencia.

EL Dr. FERNANDEZ DE ALCALDE
Mundo gráfico. 13/11/1918, página 6.

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